sábado, 26 de mayo de 2012

Un día la vida se acaba. House.

por ALVIN STRAIGHT


Se acabó House y Terence Winter, un tipo que no es más interesante que otros muchos pero que ha escrito capítulos de Los Soprano y que ahora hace Boardwalk Empire, dijo en algún momento que la gente consume televisión para poder ver cómo se cumple todo aquello que desean. Ni House es la primera serie que termina, ni Winter es el primero en tener semejante revelación. No por ello hay que dejar de comentar ninguna de las dos.

Winter tiene claro que existe el "venid, sentaos, que todo va a ir bien y acabaréis satisfechos". Y como él lo tiene claro, se lo carga y no te da su palabrita de boyscout de que al final de sus capítulos todo se solucionará. Supongo que como en la vida misma donde, lamento decirlo, no todo sale bien. Se marca así una dicotomía vieja y discutida. Unos ven interesante el reflejo de la vida; otros esperan que la ficción sea solo eso, ficción. Hay un momento que esto lo define. Ahora veréis.

En el año 2004, en un hotel Hyatt de la ciudad de Los Angeles, se reunieron muchos tipos importantes. Como cada año. En lo que se llama L.A. Screenings. Un acontecimiento donde se proyectan las ficciones americanas al mundo, tratan bien a los responsables de compra de cada cadena dándoles todas las palomitas que piden y poco después se convierte en el mercado de cualquier pueblo donde vuelan los millones, unos se enfadan con otros si se les han adelantado y el mejor postor se lo lleva de todo. O así me lo imagino yo.

Pues resulta que en ese año, si eras el representante de cualquier cadena con dinero y tenías una resaca horrible el día de las negociaciones, era complicado que perdieses tu trabajo. Coincidieron House, Mujeres Desesperadas, Anatomia de Grey y Perdidos. Ahora se entenderá porque existe el llamado Fantasma de 2004; no se ha vuelto a encontrar tal cosecha desde entonces. Series dispares entre si pero que han tenido éxito sobresaliente en todo el mundo. Unas te dicen que todo va a ir bien y otras son mezquinas. Algunos personajes siempre son buenos y otros solamente lo son a veces. Hay protagonistas que casi no tienen aristas en su personalidad y otros que son una arista en si mismos.

Supongo que, con una pistola apuntándole a la sien, Winter hubiese apostado por House. No es el reflejo de la realidad pero es una serie que jamás te da la mano, que no te promete nada en lo que se refiere a su protagonista. Mete los pies en los charcos, deambula por lo peor del humano para terminar relajándote al final del capítulo con una vida más que se ha salvado. Creo que no voy a aportar nada si se me da por definir al personaje interpretado por Hugh Laurie (otros ya se han parado en ese doctor cabrón que siempre es más listo que los demás y fantasea con el lupus mucho mejor que yo), pero si me parece interesante analizar porque ha durado tanto tiempo sin que nos cansemos de ella.

Gregory House, como ser humano, siempre me ha dado la sensación de estar caminando hacia algún sitio. Parece que lo conocemos en un momento convulso, duro, consecuencia de algo que le hace ser como es y que nos van explicando poco a poco. Pero siempre está en movimiento y todo camino tiene un fin. En eso sí se parece a vivir. Mientras que hay otras series donde el mundo se mantiene en suspense y la sensación de evolución es mínima. Creo que por eso se ha mantenido ahí porque, más allá de su impecable y repetitiva fórmula para solucionar problemas médicos (primero fallo y luego tengo una revelación a partir de algún detalle en apariencia insustancial para resolver un caso en el momento definitivo), lo interesante era llegar a comprender al doctor y ver si sería capaz de redimirse. La fascinación por la serie era él; sus punzantes frases, su desconcertante manera de actuar, incluso su facilidad para anunciar cremas para hombres. A veces querías ser él y otras solamente abrazarlo aunque te fuese a contestar mal.

Lo abandoné y lo retomé en innumerables veces. Como quien pasa tiempo sin ver a un amigo y un día decide llamarlo. Vamos, como la vida misma.

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