lunes, 9 de abril de 2012

Sobre sastrería. Mad Men, Magic City y The Hour

por ALVIN STRAIGHT



Las modas existen. Están ahí para generar consumo inducido. Tan de moda está ir a favor de ellas como en su contra; lo único que cambia es la estrategia. 

Supongamos que en el año 2002 entras en internet, ves un vídeo de música, buscas las últimas fotos de un famoso al que admiras y descubres lo mucho que te hubiese gustado vivir en los setenta. Lo repites unas cuantas veces y, poco tiempo después, quieres una camisa de cuadros. Un hecho que parece que se te ha ocurrido a ti solo. No hay rastro de la camisa en las tiendas mayoritarias y ninguno de tus amigos las lleva. Unos años después entras en un Zara inundado de camisas de cuadros adaptadas y que solo se quedan con lo esencial, justo cuando tú ya te has cansado de ellas. Ahora las quieres vaqueras mientras Zara las vende por millones y tus amigos las tienen en todos los colores. Se exprime hasta que el fenómeno se agota. Después llega la efervescencia de las camisas vaqueras. Rindámonos ante mi explicación de la rueda capitalista.

Bien, pues esto ocurre también con la ficción. Resulta que hay un momento en el que una serie sobre publicistas ambientada en los años sesenta no le interesa al canal que va en contra de la moda de las televisiones generalistas. Es Mad Men. Con sus trajes a medida, sus cigarros Lucky Strike y sus infinitas ganas de emborracharse y disimular con clase la resaca del día siguiente. También con su meticuloso retrato de una época, su historia sólida y su delicioso ritmo pausado. Por supuesto que también es Mad Men el auto tirón de pelos de HBO por desecharla y el salto de júbilo de AMC, canal catapultado desde entonces. Porque Mad Men triunfa. Azarosamente, podríamos pensar si fuésemos ilusos. Un par de temporadas la convierten en icono, los sesenta vuelven a esta de moda masiva y el estreno de la quinta temporada ha sido casi como volver a Lost.


Se han llenado muchas líneas sobre Don Draper, la publicidad subliminal de la serie y las curvas de Joan. No voy a incidir en eso. Sólo diré que Mad Men se pudo vender como la camisa de cuadros antes de que llegase Zara. Después hay cosas que huelen a ella y que se han quedado con la superficie: poner a tipos con traje que fuman y beben, que son perdedores disfrazados de triunfadores. Cómo si eso fuese suficiente. Ahora vamos a hacer una comparativa.

The Hour y Magic City son la clase de primos que mantienen las distancias en las comidas familiares. Sin un mismo abuelo no estarían allí pero poco se parecen entre ellos. Relatan la misma época y, como uno vive en América y el otro en Inglaterra, se centran en momentos históricos diferentes. Son los últimos años de los cincuenta en el Miami del libre tráfico con la Cuba de Batista, del nacimiento del sindicalismo y del dominio la mafia. Como también terminan los cincuenta en Inglaterra con la necesidad del cambio político, de avanzar hacia la televisión moderna dentro de la BBC. A ambos lados del Atlántico se bebe en vasos de whisky macizos y se fuma cada cigarro como si fuese el último. Zara ha llegado; aparecen los productos en serie.

Magic City es prepotente. No tiene alma. Le falta empaque y no cuenta una historia; la dispara. Todo ocurre veloz. Tiene muchos elementos que por separado son interesantes pero que no hacen magia al juntarse. Sus personajes están vacíos aunque son muy guapos, llevan trajes preciosos y se comportan como si tuviesen mucho que enseñarnos. No nos preocupamos por ellos y, ya en su primer capítulo, nos enseñan claramente el camino a seguir. Uno lleno de clichés. Incluido el propio Ike Evans, una copia superficial de Don Draper. Esta camisa no debería costar más de doce euros.

Sí estaría dispuesto a llegar a los veinticuatro euros por The Hour. Serie que sigue la senda de sobriedad de la ficción inglesa, que incorpora clase y misterio. Con personajes más humanos y una historia menos lineal. Un ambiente que te crees pero que no te sorprende porque ya lo has visto.

Magic City encoge al primer lavado; The Hour es de algodón fino con un poco de lino. Ninguna de las dos es Mad Men, la camisa que viste primero. La que lo empezó todo, por la que pagas cincuenta euros. 

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