lunes, 2 de abril de 2012

La confusión del frío. Lillyhammer.

por ALVIN STRAIGHT


Lilyhammer, como nombre, es confuso. Podría ser un helado de forma alargada, podría ser la canción número siete de un disco, podría ser una marca de patines donde el logotipo es un cohete rojo. Incluso podría ser el nombre de una actriz porno. 

Lilyhammer, como serie, también es confusa. Es una comedia ligera sobre un mafioso expatriado que no ha sido encargada por ningún canal en abierto americano. Tampoco por uno de cable. Es un producto con vocación online.

En la confusión está muchas veces el interés.





Netflix, esa especie de Spotify americano de películas y series que cada mes amenaza con llegar a España, coproduce la serie con una empresa noruega y una distribuidora alemana. Para entendernos; no compra los derechos de una serie ya hecha, directamente la hace. Y esta es la primera vez que ocurre. Abre, entonces, la puerta de las nuevas posibilidades de negocio. Una puerta que en el marco superior dice "ya no os necesitamos". O quizás no dice eso. La realidad es que Netflix (en España tenemos Filmin o Youzee con un catálogo menor) se salta un paso, asume un riesgo y, como última novedad, pone a disposición de sus usuarios los primeros ocho capítulos. Sin tener que esperar de semana en semana. Haciendo caso a la petición del voraz consumidor de series. Puede ser el comienzo de algo, también puede que Lilyhammer termine siendo un helado de forma alargada.

Más allá de estas consideraciones que poco tienen que ver con la historia, esta serie es la oportunidad de volver a ver a Silvio Dante (si no sabes quien es Silvio Dante, quizás no deberías tirar esa cuchilla al suelo y puedes seguir adelante con eso de cortarte las venas). Steven Van Zandt hace el mismo papel pero sin la carga emocional de Los Soprano. Es una caricatura de un personaje caricaturesco. Frankie "The fixer", que así se llama, es un gangster americano que decide cooperar con la policía a cambio de entrar en un programa de protección de testigos que lo mande directamente a un pueblo de Noruega. Los Juegos Olímpicos del 84, con su aire puro, su nieve y sus chicas, son suficiente reclamo. El pueblo se llama Lillehammer.

Nada es lo esperado. El choque cultural, el color blanco del frío o los problemas de idioma se combinan con otros asuntos más trascendentales como la madurez, la soledad o la búsqueda de la felicidad, para crear una serie que se queda a medio camino. Ni hace reír ni hace llorar. Costumbrismo ligero con imágenes agradables sobre la vida de un hombre maduro que te cae bien. Le puede alguno de sus viejos vicios pero se los perdonas. Probablemente porque no te interesan del todo. 






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