jueves, 22 de diciembre de 2011

Segundo brindis. Black Mirror.

por ALVIN STRAIGHT

Veréis, hacer recapitulación supone poner etiquetas. Esto me gusta, esto no. Esto ya lo había olvidado y esto en realidad no era tan bueno. Escribía hace unos días sobre Crematorio y le ponía la etiqueta de lo mejor del año en España. Una dorada. Como esas figuras de Oscar que se regalan, con una placa en la que dice que eres el mejor amigo, amante o lo que sea. En dorado también.

Poner etiquetas, decía, se basa en la contraposición. Y de esto vamos a hablar hoy. Si lo anterior era en España y había ocurrido en abril, hoy le toca el turno a algo ocurrido fuera y que aún está pasando. La cresta de la ola. Black Mirror.

Imagino que, entre el día en el que Charlie Brooks parió esta idea (y se la comentó a sus amigos entre cervezas) y su momento de emisión en Channel 4, mucha gente se ha echado las manos a la cabeza. Por la osadía, porque quizás no se entendiese, porque hay que hacer batido de cerebro para atacar este tema y hacerlo bien. Quizás era demasiado, pero no.

Black Mirror es una obra a la que llamarle serie es quedarse corto porque, tanto en intención como en resultado, va más allá. Consta de tres capítulos que giran en torno a una psicotrópica sociedad tecnológica. Sí, en la que vivimos tú y yo. Lo hace mediante una parábola en apariencia futurista, aunque no hace falta prestar mucha atención para darse cuenta que lo qué relata es el ahora. Están todos: los minutos de fama en las redes sociales, el consumo desindividualizado, los estados de Facebook o el omnipresente Youtube (con importancia capital en el primer episodio). Y los llevan un extremo que no es, en absoluto, inimaginable.

Para entendernos, Black Mirror es un bofetón. Seco. De los que no suenan. Porque habla de todos nosotros. De hacer cosas para que tus amigos sepan que las haces, de la intromisión absoluta, de la no diferencia entre vida real y virtual. De cómo no sabemos hacia donde nos lleva esto pero, sin duda, será hacia un lugar malo. Lo dice el amigo Charlie desde un punto de vista subversivo y a veces demagógico, pero lo dice de una manera en la que podemos creérnoslo.

Estos tres capítulos son de lo mejor que he visto últimamente. El Oscar de plástico.

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