lunes, 28 de noviembre de 2011

Amando a Walter White

Hubo un tiempo en que si uno buscaba historias dramáticas en las que poder refugiarse tenía que acudir obligatoriamente a la HBO. El canal más oscuro de la televisión americana y, por extensión, mundial, ofrecía buenos productos, pero The Wire estaba terminado y los Soprano ya habían llegado a su fin. Es cierto que el resto de canales de cable se esforzaban por estar a la altura, pero imperaba la sensación de todavía tenían que pasar varios años hasta que apareciera un digno sucesor de estas dos series totémicas. Entonces llegó él. De la mano de Vince Gilligan, formado en la escuela de Expediente X, y apadrinado por la AMC. Con su aspecto de apocado profesor de ciencias y el vago recuerdo de haber visto a ese actor en algún otro sitio antes. Breaking Bad arrancaba con un capítulo potentísimo y, más concretamente, con una escena inicial de quitar el hipo. En ella se podían rastrear algunas de las claves de lo que vendría después. Ritmo, tensión, productos químicos, polvo, muerte, una fotografía especial, la deslumbrante luz del desierto de Nuevo México y el color verde de la camisa de Walter White. Un verde que desde ese momento no íbamos a poder dejar de vincular con White y su peripecia. No es mi intención desvelar demasiadas cosas sobre la trama, porque cuanto menos se sepa de la serie, más se disfruta. Puede sonar a tópico, pero en este caso es fundamental no tener demasiados datos. Es más, si nunca la has visto te recomendaría que dejaras de leer y te olvidaras de todo lo que sabes de ella hasta el momento.

Walter White es, probablemente, el personaje más rico que se ha visto en la televisión en los últimos años. No sólo él. Jesse, Skyler, Marie, Gustavo y su perro de presa Mike, Hank, Saul, están definidos con tanto esmero que resultan mucho más creíbles que algunas de las personas que conocemos. Con ellos podemos pasar del llanto a la carcajada en cuestión de segundos. No es una frase hecha. Es literal. La acertadísima elección de los actores tiene mucho que ver con esto. Por ejemplo, en el décimo capítulo de la tercera temporada, The Fly, la interpretación de Bryan Cranston (White) y Aaron Paul (Jesse Pinkman) es tan rigurosa que pueden permitirse el lujo de pasar todo el episodio encerrados en una habitación sin que, aparentemente, ocurra nada. Es obvio que sí que ocurre. Tanto es así, que lejos de resultar aburrido, es uno de los mejores de la serie. Química pura.

Como pasa con otros individuos inmortales, White no es un héroe al uso. Es más, es un verdadero perdedor. Puede que por eso nos identifiquemos plenamente con él (que levante la mano el que haya salvado el mundo al menos una vez en su vida). Es cierto que no es difícil empatizar con alguien que se encuentra en unas circunstancias tan complicadas como las suyas, pero ni siquiera esto justifica algunos de sus actos. En cualquier caso, le seguimos queriendo. Le queremos más incluso. Estamos deseando que dé un puñetazo en la mesa y deje salir definitivamente al infractor que lleva dentro. Si Bruce Banner escondía a Hulk, Walter White esconde a Heinseberg. Y sólo hace falta tocarle un poco las narices para que salga a relucir.

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